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¿Es posible ser físico y amar la literatura?

may. 12 2015


Joseph Avski, paisa en Estados Unidos.

Joseph nació en Medellín a principios de los años 80, y aunque desde muy pequeño su familia se trasladó a la ciudad de Montería, en el departamento de Córdoba, siempre tuvo un pie en Medellín. Al llegar las vacaciones tomaban la carretera al mar en sentido contrario, y regresaban a su ciudad de origen para visitar a sus abuelas, una de las cuales, la paterna para ser más exactos, tenía una finca entre los municipios de La Unión y Sonsón, lo que resultaba el mejor plan de todas las vacaciones, aunque no tuviera con quién jugar fútbol. “la finca era un mundo de adultos, de manera que yo pasaba mucho tiempo solo inmerso en un universo por descubrir”. Así que al llegar a la finca, el pequeño Joseph se calzaba sus botas de caucho, se terciaba su machetico en la cintura y salía a enfrentar el mundo con “locura de caballero medieval”, al mejor estilo de don Quijote de La Mancha. Y de esa infancia entre el verano y la primavera, Joseph recuerda que su papá le leía un libro llamado “Corazón”, de un escritor de nombre Edmondo de Amicis.

Y ese ir y venir entre Montería y Medellín, es tal vez la razón por la que Joseph se ha sentido extranjero toda su vida, “desde luego en esa época no sabía qué era eso de sentirse como extranjero, pero cuando empecé a vivir en otro país, me di cuenta de que era un sentimiento que había tenido toda la vida”, y que solo desaparece cuando está cerca de ciertas personas, independiente del lugar. Y quizá este sea el motivo por el que Joseph siempre quiso cruzar las fronteras del país, se imaginaba hablando portugués en Brasil, escuchando un tango en Argentina, tomando un mate en Uruguay, y se vio aún más lejos en Holanda, Irlanda y hasta en Japón. Lo que nunca pasó por su mente, ni en chistes, es que su destino lo llevaría hacia Estados Unidos.

Pero antes de tomar un avión rumbo al norte de América, Joseph tomó el circular coonatra que lo llevaría hacia la Universidad de Antioquia, en donde se formó como físico. Y lo primero que consideró al obtener el título en el año 2003, fue seguir con el doctorado y vivir como físico el resto de su vida. Lo que no sonaba nada mal. Pero si tenemos en cuenta que a Joseph siempre le gustó escribir, y mucho, tendría que replantear estos planes. Inicialmente intentó dividir su vida en dos: sería físico en las mañanas y escritor en las tardes, o viceversa. Y a pesar de sus buenas intenciones, descubrió que no estaba diseñado para ser físico o escritor de medio tiempo. Así que dejó la física y voló a Estados Unidos para estudiar una maestría en Escritura Creativa en la Universidad de Texas en El Paso, pues era el único programa de escritura bilingüe que existía en ese momento. Eso hace ya 9 años.

De esos primeros días en el exterior, recuerda la primera vez que salió a conocer el desierto texano, y más exactamente el momento en el que Kevin, su compañero de travesía, lo haló del brazo, pues una serpiente cascabel casi que logra clavar sus colmillos en la pierna de Joseph, “vi que cerraba la mandíbula apenas a unos centímetros de mi pierna, y esa fue mi bienvenida al desierto”.

Superado el incidente con una de las serpientes más letales del mundo, y todos los vericuetos de la academia norteamericana, Joseph se hizo mágister, y no contento con ello se aventuró en el doctorado en Hispanic Studies en la Universidad Texas A&M.

De la maestría le quedaron dos novelas, una de las cuales, “El corazón del escorpión”, ganó el premio de novela de la Cámara de Comercio de Medellín. De su doctorado, además de los conocimientos adquiridos y una tesis de grado sobre Fernando González, le quedó lo que hoy es su última novela “El infinito se acaba pronto”, la que se propuso terminar un día antes de empezar el mundial. “yo sabía que después del saque inicial solo iba a poder pensar en fútbol por un mes”.

Luego de convertirse en doctor en Hispanic Studies se mudó a Missouri donde ahora es profesor de literatura y cultura latinoamericana en Northwest Missouri State University, además de ser escritor de casi, casi, tiempo completo.

¿Y la física qué? Dice que si volviera a nacer la volvería a estudiar, no solo por todo lo que aprendió, sino por una razón aún más fuerte: “me he dado cuenta que los físicos, en general, son mejores amigos y mejores conversadores”, incluso que los propios escritores, a quienes también conoce muy bien.

Para Joseph no fue difícil llegar a otro país, pues era mucho más lo que lo entusiasmaban las fronteras por descubrir que la nostalgia, “lo más difícil fue no tener familia ni amigos”. De estos lados añora el sabor del mango y el poder ir en metro o en bus a cualquier parte de la ciudad, pues no le gusta para nada conducir. Cuando viene a Medellín desanda por aquellos lugares que frecuentaba cuando era estudiante de la UdeA “donde de alguna manera aún siento que tengo un hogar”. Si la agenda con sus familiares y amigos se lo permite, tal vez regrese a esa panadería que queda en la esquina de su casa, cerca del primer parque de Laureles, en la que a las 5:00 de la tarde salen del horno las mejores almojábanas que ha probado en toda su existencia.

Además de escribir y enseñar, a Joseph le gusta mucho leer, y  este año se puso la meta de devorarse 100 libros, tarea que ha cumplido satisfactoriamente, pues en lo que va del año lleva 34. El fútbol todavía le gusta, tanto que la única razón por la que tiene televisión es para ver el fútbol de las ligas existentes; también apoya a un entrenador de un equipo colegial. Si Joseph no está escribiendo, leyendo o chutando balones, se le puede encontrar en alguna sala de cine o en el jardín de su casa cultivando, que en sus mejores momentos ha llevado a feliz término cosechas de tomate, orégano, berenjenas, ají picante, romero y albahaca. Ah, a Joseph aún le gusta la física.

 

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