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El color preferido de Clara es el amarillo de los guayacanes que florecen en Medellín.

may. 03 2015

 

Clara Inés Osorio
Paisa en Holanda

Al cerrar los ojos, Clara aún puede ver con detalle el árbol de Tulipán Africano que adornaba el antejardín de su casa, la baldosa desajustada en su habitación y el sonido característico que esta hacía cuando alguien la pisaba. “Esa casa fue como un fuerte, especialmente durante los años noventa, cuando el miedo se tomó el barrio”, recuerda. Clara, que nació en el hospital San Vicente de Paúl, vivió y creció en el barrio Santa María, en el municipio de Itagüí, junto a una familia conformada por sus padres, sus dos hermanas y su hermano.

Al entrar a su casa, justo a la derecha de la puerta, estaban las escaleras que conducían a la terraza, en donde la familia tenía una fábrica de arepas en la que, además de maíz, estaban las máquinas que se ingeniaba su papá para hacer la producción más eficiente. Mientras que su hermano participaba de la industria familiar en las tardes y las noches, Clara apoyaba el proceso de distribución en las horas de mañana, eso sí, cuando no tenía colegio. “A mi me gustaba ir porque los señores de las tiendas a veces me regalaban mecato, aunque ahora que lo pienso, tal vez mi papá les pagaba”.

Uno de los sueños de su infancia era tener un álbum de fotos de todos los parques e iglesias de los municipios de Antioquia que a veces visitaba con su familia. La primera vez que cruzó las fronteras departamentales lo hizo hacia Pereira, y de esa experiencia recuerda que esa ciudad olía distinto a Medellín “una combinación de cera para baldosas y piña”. Sus deseos por conocer otros países empezaron alrededor de los 12 años cuando se obsesionó por ir a Argentina tanto que se aprendió los nombres de las calles de Buenos Aires y frecuentemente llamaba a Avianca para averiguar los precios de los tiquetes, “pero como eran tan caros y el precio no bajaban, concluí que no era posible salir del país”, dice.

Cuando llegó la hora de la educación superior, hizo una lista de las carreras posibles en la Universidad de Antioquia y en la Nacional, “y fui tachando las que me gustaban menos”. Así que de esa depuración quedaron algunas ingenierías y Física; y entre las finalistas se quedó con la última, pues le parecía más general. “Aunque vivo muy contenta de ser física, tengo que admitir que no tenía idea en lo que me metía cuando empecé la carrera”. Afirma.

Y si bien el deseo de conocer Argentina aún no se ha hecho realidad, en el 2003 se ganó una beca para hacer la tesis de pregrado en un Instituto de Investigación en Barcelona, a lo que le siguió una beca doctoral en el mismo lugar.

Ese primer viaje al exterior es para ella una experiencia tan emocionante como desgastante, tanto que durmió 20 horas el día en que llegó. Tenía que aprender una nueva cultura, entender una ciudad nueva, además de trabajar y aprender todo el inglés que no aprendió en el colegio. “En el supermercado no encontraba nada familiar, así que tenía que ir comprando cosas al azar esperando que fueran ricas y cuando no, comérmelas de todas maneras”. Los primeros días sentía mucha presión por hacer las cosas bien “poner bien el tiquete del metro, pagar bien el bus. Creo que mucha gente siente esa presión por no parecer un alien. Con el tiempo, después de vivir en varias partes se me ha ido quitando la bobada”.

Cuando terminó el doctorado en Barcelona, viajó a Suiza para continuar trabajando en investigación por tres años. Y ahora trabaja en el Instituto AMOLF, en Ámsterdam, Holanda donde se desempeña como física experimental diseñando y construyendo experimentos relacionados con la luz y la nanotecnología. “mi trabajo también incluye escribir artículos y dar charlas sobre nuestros resultados, entrenar estudiantes de maestría y doctorado y aplicar a becas para financiar la investigación”.


Además de disfrutar el tener que inventarse máquinas para medir la luz, a Clara le gusta hablar, de ser posible contando la misma historia una y otra vez. Le gusta comer y también cocinar, especialmente si hay alguien que lave los platos. Le alegra enormemente cuando sus amigos de Medellín le hacen la visita. Le gusta mucho tomar fotos y leer, y desde hace algunos meses “no se si es por la edad o porque ya soy tía, me dio por hacer crochet”.

De su tierra, lo que más extraña Clara es el sabor de la sopita de la mamá, y aunque ha intentado seguir las recetas de la sopa de verduras, de tortilla o avena, nunca le han quedado iguales. También le hacen mucha falta las frutas, con ellas los jugos, en especial el de guanábana. Además de estos sabores, extraña a la familia y a sus amigos, y después de todo esto, el clima, esa sensación de no sentir ni frío ni calor en los días frescos de Medellín. “Aquí uno siempre está pensando en el clima y la temperatura, siempre, siempre, y en Medellín eso como que nunca es mucho problema”.

“Mucha gente se muere por los colores y las luces de los alumbrados de diciembre, pero mis colores favoritos de Medellín son el amarillo y el rosado de los guayacanes florecidos. Ojalá sembraran muchísimos guayacanes y árboles en la ciudad”.

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